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¿ ES FIABLE UNA TERCERA VIA ?
Los nazis y los fascistas creían que sus regímenes reunían las mejores características del capitalismo y de socialismo. Los demócrata-cristianos, persuadidos de la supuesta derrota e inviabilidad del liberalismo, intentaron salvar a la Europa de la posguerra de los horrores del comunismo vacunándola con dosis de intervencionismo, dirigismo, sindicalismo y Estado del Bienestar, extraídas de la doctrina social de la Iglesia. La vacuna casi mata al paciente. Los socialdemócratas de anteayer pretendieron llegar al ideal comunista de una sociedad sin clases a través de los impuestos y de la redistribución de la renta, sirviéndose de las instituciones liberales y de las doctrinas de Keynes para conquistar el poder político y económico sin necesidad de hacer una revolución. Pero cometieron el error de confundir la sociedad con un panal de abejas, que se puede esquilmar impunemente sin que ello implique una merma en la producción futura. Nehru, Sukarno, Nasser y otros líderes del Tercer Mundo también intentaron poner sus terceras vías en práctica. No les resultó difícil achacar sus inevitables fracasos a la herencia colonial.

Los socialistas de hoy, huérfanos del desacreditadísimo referente soviético, se resisten a aceptar la derrota política e ideológica (muy anterior esta última, por cierto, a la política) del ideal socialista, refugiándose en las excrecencias parasitarias que un siglo de colectivismo ha dejado adheridas al cuerpo social occidental en la forma del llamado "Estado del Bienestar" y el Estado omnirregulador, principales causas del estancamiento económico, del paro masivo y de la inflación de dos dígitos en los años setenta y primeros ochenta. La excusa ha sido, es y será siempre la misma: los supuestos "fallos del mercado". Presentan como causa del subdesarrollo y la miseria del Tercer Mundo al capitalismo "salvaje" y "desregulado"·, cuando la realidad es que el verdadero capitalismo nunca ha tenido la más mínima oportunidad de funcionar aceptablemente en estos países, ex tiranías prosoviéticas y lugares donde los gobernantes nunca han tenido demasiado respeto por la vida, la libertad ni la propiedad de sus súbditos.

No caen en la cuenta los profetas de las terceras vías de que para juzgar si una institución tiene fallos, antes es preciso saber con seguridad si esos fallos se producen realmente, y si se deben a defectos inherentes a esa institución, o más bien a trabas impuestas coactivamente a su funcionamiento y justificadas con juicios de valor formulados en comparación con un modelo ideal cuya viabilidad teórica y práctica, por principio, jamás se cuestiona. En definitiva, para poder juzgar es preciso disponer de un criterio sólido, firmemente asentado en la realidad y en la naturaleza de las cosas; o lo que es lo mismo, de un criterio verdaderamente científico, no sentimental.

Cuando se observa un edificio con unas lentes distorsionadas, existe la tentación de tomar como reales las aberraciones provocadas por esas lentes. El siguiente paso es intentar modificar las líneas para que, torcidas en la realidad, aparezcan rectas a los ojos de quien mira con esas lentes. Naturalmente, las leyes de la física son insobornables, y el edificio acaba derrumbándose. El propietario de las lentes culpa entonces del desastre a los arquitectos por no colaborar o seguir sus directrices, o acusa al contratista de sabotaje.

En la esfera social, existen igualmente leyes insobornables como las de la física; leyes sociales, políticas y económicas que han sido cuestionadas sistemáticamente en el pasado S. XX por legiones de miopes irracionales y fanatizados que han provocado los mayores desastres que ha conocido la Humanidad. Lenin, Hitler, Stalin, Pol-Pot, Castro y un largo etcétera han acusado a sus respectivos pueblos, a la "judería internacional" o al "gran capital" de "sabotaje" o de "falta de colaboración y entusiasmo" por sus experimentos de arquitectura social "alternativa" cuando el edificio se les venía abajo. Tan ciertos estaban de lo justo y adecuado de sus construcciones que no vacilaban en eliminar físicamente a quienes pretendían corregirles los planos. Aunque, en cierto modo, actuaban de forma coherente, siniestra y atrozmente coherente, pero coherentemente al fin y al cabo.

Como el triunfo del mercado ha sido tan rotundo, y el hundimiento del socialismo real tan pavoroso, casi nadie se atreve hoy a cuestionar por completo el mercado. Se alaba, como hacía Marx, su capacidad para crear riqueza y progreso. Y también, como hacía Marx, se repite incansablemente que esa riqueza está mal distribuida. Pero ya no se habla de la teoría de la explotación capitalista de Marx. Desde que Böhm-Bawerk la refutara allá por finales del S. XIX en La conclusión del sistema marxiano, nadie que conserve un mínimo de honradez y pudor intelectual se atreve a citarla. El socialismo ya no es científico oficialmente (nunca lo fue en realidad). Ahora vuelve a ser oficialmente sentimental —dickensiano— , y por lo tanto incoherente y acientífico (nunca dejó de serlo en realidad).

La coherencia y el rigor —lastres pesadísimos para los intelectuales de la posmodernidad— exigen decantarse claramente por el estatismo socialista o por el liberalismo y el mercado. No es posible sostener, como hacen los profetas de las terceras vías, que el mercado produce bien y distribuye mal, y al mismo tiempo decir que el Estado distribuye bien. La producción y el consumo no pueden desligarse arbitrariamente. Se produce con el propósito de apropiarse de lo producido, ya sea para consumirlo directamente, o indirectamente recurriendo al intercambio; o bien para ahorrarlo. ¿Quién en su sano juicio seguiría esforzándose con el mismo ardor por mejorar sus condiciones de vida cuando ve que, sistemáticamente, se le arrebata el fruto de sus esfuerzos para "redistribuirlo" entre otros que no se han esforzado tanto sin que, además, siquiera se lo agradezcan?

No existen atajos ni terceras vías para salir de la pobreza y el subdesarrollo. Sólo la libertad individual, el mercado, el trabajo duro y el respeto sin ambages por la propiedad privada pueden hacer salir a los pueblos y a los individuos de la miseria. Cualquier restricción a estas premisas sólo conseguirá hacer más lento el progreso o detenerlo por completo.
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LA BATALLA DE IDEAS
Y es que con respecto al pensamiento, aunque no sólo al pensamiento, la derecha se ha mostrado casi siempre reservada y desconfiada. A veces, por complejo y apocamiento; comúnmente, por dejadez o por estar en otros negocios y anhelos. Si podemos decirlo así, la derecha ha sentido, por lo general, más próximo el ilusionante ejemplarismo platónico que el cientifismo aristotélico, el idealismo que el realismo, el esteticismo que el practicismo. Debido a ese escapismo, cuando vienen a darse cuenta de su abandono y negligencia, la realidad les explota en las manos. Entonces piden ayuda, pero no saben a quién buscar ni llamar. Ocurrió con la Revolución Francesa, justamente a partir de cuando puede empezar a hablarse con rigor de izquierda y derecha. Desde aquel instante aquélla parte en la carrera de los siglos como ganadora; ésta, como perdedora. Así, hasta el presente.

Como muchas otras cosas principales, Alexis de Tocqueville vislumbró con perspicacia y claridad el sino de los nuevos tiempos, y también por qué éstos, en su impulso y necesidad, acaban con los viejos. En El Antiguo Régimen y la Revolución (1856) llama la atención sobre la estólida comodidad y simpleza de las clases altas del Antiguo Régimen, que no sólo fueron incapaces de prever su propia ruina, sino que llegaron a provocarla con su apatía, su ceguera y su ingenuidad. Mas, se pregunta el pensador francés, "¿dónde habrían podido obtener tal clarividencia?".

Se veía venir, mas nadie lo vio. La fenomenal convulsión de 1789 tenía que producirse en Francia, y no por maldición ni designio historicista, sino por la misma evolución de los acontecimientos. La Revolución, y el Terror posterior, no los trajo el pueblo llano en su llaneza, sino las cabezas pensantes de aquella época de epopeya, quienes se vengaron de los nobles y de las testas coronadas promoviendo un estado de opinión descontenta entre la muchedumbre que condujo a una agitación de sentimientos y pasiones sólo consolable con el todo o nada abismal. En la Revolución francesa, apunta Tocqueville, el espíritu humano se desquició, y alrededor de ella surgieron revolucionarios de una especie desconocida hasta entonces. Hoy algunos siguen sin identificarlos, aunque están por doquier, se sientan en las poltronas más holgadas y son fácilmente reconocibles.

¿Por qué precisamente en Francia? Los hombres de letras franceses no intervenían habitualmente en los asuntos públicos, como sí hacían los ingleses, sin interpretar esta actitud como una hazaña. Tampoco estaban enfrascados en la metafísica pre y postrascendental ni enclaustrados en los centros académicos, como sucedía con la mayoría de sus colegas alemanes.

No obstante, los intelectuales franceses, que ya empiezan a serlo o a inventarse, no se mantenían completamente ajenos a la política: "carecían –anota Tocqueville– de esa instrucción superficial que la vista de una sociedad libre y el ruido de lo que en ella se dice dan incluso a quienes menos se interesan por los asuntos de gobierno. De esta suerte, fueron mucho más atrevidos en sus innovaciones, más amantes de las ideas generales y los sistemas, más despreciativos de la sabiduría antigua y aún más confiados en su razón individual de lo que comúnmente sucede entre autores que escriben libros especulativos sobre política".

Esta circunstancia, completamente nueva en la historia de la educación política de los pueblos, y no sólo del francés, contribuyó en mucho a materializar la Revolución. De ella surgió una situación política y social que entonces impactó a Tocqueville y ahora nos cautiva a nosotros, con pareja sensación de turbación. El modelo del intelectual comprometido, del filósofo anti Rey, modulador de conciencias, quedaba definido. La voluntad general disponía de un guía entusiasta: "¡Aterrador espectáculo –exclama Tocqueville–, pues lo que es cualidad de escritor, en ocasiones es vicio en el hombre de Estado, y las mismas cosas que a menudo inspiraron buenos libros pueden conducir a grandes revoluciones".

Se veía venir en Europa, cuando Tocqueville ya lo vio en América. En las sociedades modernas de masas manda el régimen de la opinión pública, la cual "se va convirtiendo en el primero y más irresistible de los poderes; fuera de ella no hay refugio, por fuerte que sea, que permita resistir largo tiempo a sus golpes" (La democracia en América).

En la actualidad del siglo XXI, la democracia americana, como las del resto del mundo, está seriamente amenazada por los nuevos totalitarismos. En el fin de esta historia, a la revancha de Lenin se le ha sumado la revancha de Alá. ¡He aquí nuestro aterrador espectáculo de hoy día!

El presidente de Estados Unidos, George W. Bush lo ha proclamado con gran claridad hasta en la ONU: "Contra el terrorismo no bastan las armas, hay que vencer la batalla de las ideas". ¡Ojo, intelectuales altivos!: no dice Bush que para luchar contra el terrorismo no hacen falta armas; afirma que "no bastan".

Las palabras matan, quién lo duda. Y no sólo las que suelen referirse para la ocasión: "¡Pelotón: apunten, fuego!". Las más letales son hoy "¡ETA, mátalos!" y "¡Osama, mátanos!", contra las cuales la Erztaintza y la policía de proximidad poco pueden hacer, siendo necesaria una fuerza mayor. Aparte de esto, cierto tipo de ideas y actitudes constituyen hoy las armas de destrucción masiva más letales. El humor inteligente, como el practicado por la factoría creativa Cox & Forkum, permite soportar este horror sin amargar el ánimo.

Para más explicaciones sobre el caso, léase lo que dice a continuación Juan J. Linz, quien añade a la reflexiva revelación de la viñeta la razonada explicación y el fundado diagnóstico de la filosofía política: "Algunas de las crisis más serias de los regímenes democráticos han sido causadas por esta clase de problemas, especialmente debido a que este tipo de regímenes tiene que tolerar pacifistas, incluso una oposición dispuesta a ayudar al enemigo en la guerra" (La quiebra de las democracias).

He aquí el principal problema de las democracias libres, y éste sí que no se gana con las armas, sino empleándose a fondo en la batalla de las ideas, con convicción y sin vergüenza. A este respecto, produce rubor comprobar cómo la derecha se repliega, como un caracol en su caparazón, a poco que se le toque las antenas, y se echa a dormir el sueño de los justos. Se siente incomprendida, cuando ni siquiera se quiere hacer comprender. Se queja de la mala suerte y, en realidad, se abandona al confortable albur de la fortuna. Escucha la palabra "cultura" y bosteza.

Pero, de pronto, parece despertar del sueño dogmático, y algunos de sus apoderados y procuradores comienzan a citar con garbo a Raymond Aron, a Hayek y a Tocqueville, ensalzando al tiempo los principios y valores del liberalismo, como si esa batalla haya sido y sea, de palabra y hecho, realmente suya. No extraña, en consecuencia, que muchos afectados por la alusión muestren extrañeza a la vista del asombroso florecimiento, o bien sonrían maliciosamente dándose entre sí codazos o pellizcándose para creerse el portento.

Mientras tanto, como lo más natural del mundo, los prebostes del Progreso gestionan la pluralidad, el oportunismo y el parasitismo en incontables foros, por ejemplo, haciendo de Ortega un socialista, de Tocqueville un republicano progresista y de Octavio Paz nada menos que un apolítico ajeno por completo al pensamiento liberal.
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